El domingo vimos una película que Gus tenía en formato digital: The Prestige, traducida libremente como "El Truco Final", una ficción de los hermanos Nolan basada en la aclamada novela de Christopher Priest, que transcurre en el Londres de fines del siglo XIX, en plena revolución industrial. El filme trata sobre la rivalidad de dos magos, uno purista y el otro más dado a la magnificencia, enfrentados por la supremacía de sus respectivas actuaciones. Abundar en el argumento sería una deslealtad para el lector porque The Prestige es una película muy bien montada y vale la pena verla, va más allá de la ilusión con un final fantástico, pero valgan algunas reflexiones.
El truco final de Rupert Angier, el “Gran Danton” que encarna Hugh Jackman, en su obsesión por develar el secreto de Alfred Borden, el más purista, interpretado por Christian Bale, no es otra cosa que un acto de ilusionismo que perfeccionará para aventajarlo y derrotarlo en esa suerte de carrera por el éxito y las consecuencias que desencadena. Allí, precisamente, radica la ficción de esa trama fantástica, en un dispositivo creado por Nikola Tesla con el que Angier se vale para emular y superar el acto de Borden: El Hombre Teletransportado. Y esto es algo que desde el final del filme me da vueltas en la cabeza.
Hasta el momento, que yo sepa, la teletransportación no es algo con lo que convivamos, tampoco fue un invento de Tesla, a quien el guionista introduce en el filme con algunos datos ciertos. Ni siquiera los más poderosos consiguieron ir de un sitio a otro en milésimas de segundo. Pero si, como Rupert Angier, en una destreza más rutilante que la de su colega, pudiéramos en un “tris” deslizarnos a otros lugares, se abriría un sinnúmero de posibilidades que resolverían nuestros problemas. Claro que a Angier le salió el tiro por la culata porque lo que se teletransportaba no era precisamente él sino una copia de sí mismo. Imaginen entonces la pluralidad que cobraba el mago en cada evento como si de sacar conejos de la galera se tratara. Es claro que el ilusionista, amante del espectáculo y la perfección, acaba "arreglando" esta singularidad de manera tajante para no dejar cabos sueltos.
Pero qué hay del dispositivo tan ingeniosamente creado por Tesla, protagonizado por David Bowie, en los albores del siglo XX?... Por lo pronto me pregunto quién no deseó, en algún momento de su vida, estar en otra parte?... El abrir una puerta y desparecer como si nada hubiera pasado puede ser para el común algo tan anhelado como el fantástico truco de Angier, esfumarse, aunque con un propósito diferente del que buscaba el mago para deslumbrar al público y humillar a su colega. En cierta forma el repentino deseo de que la tierra te trague para salir de una situación embarazosa es algo que no hemos podido alcanzar aún, y por eso la ilusión que hace gala en “The Prestige”, aunque fabulosa y ficticia, se me hace intrínseca a la naturaleza humana y bendito sea quien jamás haya querido "borrarse" porque entonces se ha ganado mi admiración.
Viéndolo así, no puedo dejar de asociar esto a la situación que atravesamos en la Argentina. Con una creciente rivalidad y enfrentamiento, en medio de todo este desmadre, imagino que unos pocos estarán deseando no estar dónde están, deseando borrarse en cualquier momento para no dar la cara y evitar las consecuencias de sus actos. En mi haber confieso que tengo guardadas ciertas situaciones en las que hubiera deseado no estar, y no me refiero a esas fruslerías que por triviales no dan mérito a lo que afirmo; si así fuera la vida sería tan gentil que no tendría razón transitarla. A la sazón todos enfrentamos nuestras debilidades.
La ilusión de Angier, con un objetivo diferente a estos meros deseos, inexorablemente lo llevará a su trágico final y encierra la obsesiva tortura de ser el mejor, el más poderoso. Pero tal como advierte Tesla esa ambición puede ser fatal.

